miércoles, 1 de febrero de 2012

La mitología desde la mitología



No tengo la certeza de que lo que pienso en este momento sea verdad, y la verdad no quisiera caer en la apariencia de ser en términos de Eco una “integrada”, pero de igual forma también me molesta un poco llamarme “apocalíptica”. Sé que mañana o pasado mañana seguiré caminando de espaldas dentro de la vida y quizás me tropiece con una roca que me haga caer dentro de ese mundo de posibilidades, para mirar al cielo o al suelo y todo cambie, otra vez. Es decir que me doy cuenta de que todo cambia y esa sería la única certeza de que estoy viva. Así pues, el objeto mitológico que elegí, sin elegirlo realmente, llegó a mí en una de esas caídas. En fin, elegí esa actividad humana que por lo menos en promedio cuarenta compañeros de mi clase realizamos esta semana: hacer mitologías. No sé en qué problema me meto al querer mitificar, o mejor, desmitificar a la misma herramienta con la que trabajo. Es muy probable que ni siquiera pueda hacerlo pues a mitad de camino ya habré terminado por machacar mi herramienta y esto será ridículo. Pero les pregunto: ¿Quién tiene la certeza de que su mitología es real? y muchos dirán: “¡Yo, yo creo que es real, es lógico!, ¿no te das cuenta?” y no hay duda, es real, así como yo ahora mismo creo que esta mitología que escribo es real, pues si no la sintiera real hubiera elegido otra cosa o estaría simplemente haciendo otra actividad.



Ahora bien, qué es lo que pasa cuando vemos hacia otros lados. Como sé que lo que voy a plantear es un poco difícil y hasta puede generar enojos u opiniones contrarias, necesitaré usar la retórica más básica contando un hecho que viví. Sí, voy a contar una historia pequeñita. Todo empezó cuando en el programa de Teoría V era preciso revisar a Roland Barthes, después la clase, después la tarea que se nos encargó. Seguramente al igual que muchos, los días posteriores, en todos lados, a determinadas horas del día (las del ocio), trataba de encontrar la mitología que quería escribir. Entonces, el sábado que fui por mi novio a su trabajo, ubicado en una de esas plazas comerciales (no importa cuál pues todas son igualitas) le dije: –la plaza entera es una mitología. Quería que me ayudara a desarrollar mi idea, así que le resumí brevemente de qué se trataba el ejercicio. –Está interesante- respondió. –Claro que sí – le repetía –es como si las personas vinieran de verdad divertirse, la plaza comercial es el prototipo del fin de semana consumista donde gastar el dinero es divertido, pero la verdad ni es divertido… es una gran mentira–. De pronto él escupió la piedra que rodaría justo frente de mí y me haría caer: –Para ti no es divertido, pero mira, la gente es feliz comprando helados. El sistema capitalista con todo y sus fallas ha logrado poner rangos de felicidad alcanzables y fáciles. La gente sólo necesita un helado para ser feliz. Y ¿acaso no venimos a ser felices? A mí me parece que en realidad no importa el medio para serlo. La diferencia entre ellos y nosotros es que ellos no critican nuestra postura, hasta nos la festejan–…apoco no tu mamá, aunque no lea, te felicita porque tú sí lees y la demás gente hasta te puede respetar. Nosotros criticamos su postura y ni se los decimos en la cara, escribimos mitologías para otras personas que escriben mitologías y obtener la felicidad nos puede costar mucho más trabajo que comer un helado– …–Es verdad– contesté.


La verdadera historia es mucho más grande, pero esto es lo fundamental y también lo que desencadenó eso “fundamental”. Es decir, de haber llegado cómodamente a la plaza comercial, terreno que ni siquiera entiendo porque si lo entendiera no lo criticaría de manera ofensiva, salí con ecos en la cabeza de risas burlonas de toda esa gente que verdaderamente reía y gritaba porque había juegos mecánicos. Aquella realidad que creí real se desmoronó rápidamente. Me sentí muy bien pues la vida cambiante pasaba lenta, engalanada frente a mí y podía verla y describirla fácilmente. Me hizo pensar en Descartes cuando dice en El discurso del método: “mi propósito no es el de enseñar aquí el método que cada cual debe seguir para guiar acertadamente su razón, sino solamente el de mostrar de qué manera he tratado de guiar la mía.” Sin embargo, parece que dijo todo lo contrario pues su método se ha vuelto ahora la Gran Mitología. En la modernidad el mundo se abrió, como señala Lukács, y aquello que ocupaba la divinidad, ahora lo ocupa la razón, pero eso no significa que haya dejado de ser una mitología. La mitología no es una mitología cuando se cree en ella, es algo real. Una mitología se vuelve mitología cuando se sabe no real. Entonces, podríamos decir que absolutamente todas las personas que habitamos este planeta vivimos en una mitología, objetivamente no sabemos qué es real ni cuál es la verdad y mucho menos cuál es el sentido de la vida. La verdad absoluta no existe en el mundo humano y la mayor prueba de ello es que existen otras verdades. Por ignorar cuál es el sentido de la vida, nos es necesario inventamos sentidos. Todos queremos hacer cosas distintas de nuestra vida, a diferencia de los animales, cuyo único sentido es la propia vida. Quiero decir que ningún sentido de vida es malo ni bueno, esos son conceptos humanos, simplemente son. Y así como nosotros realizamos mitologías de objetos, de herramientas, de otros sentidos de vida, aquellas personas que llamamos “integrados” podrían hacer mitologías de los libros o de las personas que llamamos “críticas”. Algunas cosas aún me hacen ruido pero me parece pertinente tomar a las hijas mitologías de su madre razón de la forma más neutra que se pueda. Me parecen excelentes como herramientas descriptivas.



En este momento creo que la humanidad no puede vivir sin mitologías, pero tampoco puede vivir con las mismas mitologías. Quizás ahí radique la importancia de desmitificar, en la necesidad de recrearnos y repensar nuestra realidad para finalmente creernos otra… y así, seguir con la necedad de estar vivos en el viaje empírico de la naturaleza a través del tiempo, siempre acompañados de dos leyes fundamentales: la prueba y el error. Quién sabe, quizás saberlo también sea simplemente una mitología.

Elba Jatziri López Mercado



1 comentario:

  1. La esencia del mito es la integtacion de lo incomprencible con la metáfora de la comprensible... saludos Jatziri

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