Un hombre con el torso desnudo se suspende en el aire. Lo corona una cabeza de venado y parece que muere. Está en agonía. Dos sonajas penden de sus manos. Esto, más o menos, es lo que aparece en uno de los carteles del Ballet Folklórico de México. En principio, recordemos que la Danza del venado, como muchas otras denominadas folklóricas, proviene de la tradición indígena, de un ritual de cacería, para ser exactos. Sin embargo, la imagen utilizada como estandarte del Ballet ilustra no solo el prototipo de ejecutante de danza mexicana, sino también una idea de nación que oscila entre la inclusión y la exclusión. En realidad la danza ligada al ritual (como la del venado o la de los Quetzales) dista mucho de la ejecutada por los cuerpos de ballet contemporáneos. Estos, altamente estilizados, responden más bien al requerimiento de un proyecto nacional que ya podemos considerar como antiguo. El cuerpo del danzate cumple con los requisitos de agilidad y esbeltez propios del venado que se desea representar, sin embargo, ese cuerpo no es el cuerpo de un hombre yaqui o mayo, no es el cuerpo de un venado luchando contra la muerte. El cuerpo que se exhibe es el relleno de un símbolo que ha sido vaciado. En el Ballet Folklórico de México el venado es blanco, occidental y muere con técnica de ballet ruso. Así, la integración de actividades como la danza, la música o incluso la comida propias de las regiones autóctonas tiene que ver con un proceso de construcción de identidad en el cual se usurpa una voz, un cuerpo o un sabor y se integra del nivel marginal a uno de índole popular y nacional. Si nos acercamos y observamos aquello a lo que llamamos mexicanidad y que creemos nos identifica como nación, encontraremos que quizá los rasgos más relevantes o representativos tienen su origen en lo indígena y lo único que se ha hecho es suplantar a los actantes primigenios. México se construyó a partir de la usurpación de lo prehispánico. Al secuestrar la voz, el movimiento y el cuerpo indígena no solo se priva de su alteridad, también se violenta, se calla y se amarra su posibilidad de expresión propia. Resulta paradójico, a la vez que cruel, que lo mexicano sea justo aquello que intentamos eliminar y que vemos como un lastre, aquello que no se reconoce y es marginado. El Ballet Folklórico de México toma las armas de la danza indígena para asesinarla, o al menos, herirla. Sin esas armas, no hay posibilidad de defensa. Ocurre lo mismo con la música.
Compositores como Blas Galindo, Silvestre Revueltas, José Pablo Moncayo o Carlos Chávez, además de realizar extraordinarias obras musicales, indiscutibles en su sentido estético, también suplantan el sonido indígena. Los Sones de mariachi, La noche de los mayas, el Huapango o la Sinfonía india, obras de estos compositores, tienen su origen en las melodías de la tradición indígena que fueron vertidas en notación pentagramática y orquestal. La usurpación va más allá en el momento en que los danzantes de estirpe rusa o los músicos de abolengo vienés utilizan capullos de mariposa más exuberantes, sonajas más grandes, o cabezas de venado mejor conservadas, los unos, o instrumentos de percusión bien afinados, caracoles magnánimos, teponaztli y huehuetl, los otros. Poco que ver con la austeridad de la vestimenta o la instrumentación indígena original. No desmerece, desde luego, la calidad artística de nadie (el ballet todo el tiempo ha tomado danzas del folklor para incorporarlas a su sistema; el propio Chopin usó las mazurcas polacas y las reinventó), sin embargo hace falta pensar en lo que está detrás de la zapatilla de ballet o del arco del violín. En México, detrás del venado estilizado que lucha contra la muerte hay un venado que ya fue muerto con sus propias armas. En México, al venado indígena le ataron las patas y no lo dejaron bailar su agonía. Aun así, cuánto orgullo experimentamos cuando suena el Huapango o vemos la Danza del venado, y con ese orgullo dejamos a quienes nos heredaron esas manifestaciones en la ignominia y la discriminación. Somos los que mandan a sus abuelos al sótano porque nos avergüenzan, pero arriba, en la estancia, donde todos nos ven, con el orgullo exacerbado, repetimos las canciones que ellos nos enseñaron.

Hola!, muy buena tu reflexión y estoy de acuerdo contigo...lo que se encargó de hacer esta compañía fue hacer de lo ritual y ceremonial un espectáculo que se viera bonito, valiéndole un reverendo cacahuate lo que llegara a significar para el pueblo mexicano; del cual la música y la danza es parte vital de su historia.
ResponderEliminarPero ahí segumos llenándoles Bellas Artes, en fin, hay que seguir promoviendo el folklore mexicano por lo que es y no por lo que queremos que vean.
Saludos! ;)
Me encanto, sin palabras :)
ResponderEliminarAdmiramos la brillantez de los colores pero ignoramos y despreciamos su oscuridad. Me encanta la precisión de tus palabras para describir este sentimiento tan ambiguo y tal vez hipócrita que los mexicanos tenemos de nuestra propia cultura. Ojalá podamos hablar más a fondo al respecto.¡¡Felicidades por tu trabajo!!
ResponderEliminarTu problema está muy bien planteado y desarrollado. Además, creo que develaste (y sintetizaste) un problema real y común en nuestra sociedad: el rechazo hacia lo propio y la exaltación orgullosa hacia éste cuando lo extranjero le da el "visto bueno".
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